domingo, 6 de marzo de 2016

Guerra de primavera


       Todo empezó hace unas dos semanas. El anuncio de la primavera no vino de mano de la publicidad de unos grandes almacenes. Ni siquiera coincidió con el calendario oficial. El anuncio me lo hizo una hormiga exploradora que cruzaba la pantalla de mi ordenador, mediante su mera presencia: Hace calor, nos hemos despertado y venimos a ver qué hay de papeo en tu/nuestra casa, no importa que sean residuos, miguitas de lo que sea o comestibles en perfectas condiciones. Yo soy solo una de miles. Mi reina se ha puesto a poner huevos a troche y moche y mis hermanitas tienen hambre. Como comprenderás, vamos a ser insistentes, pertinaces, recurrentes, invasivas, implacables y todo ello con una disciplina que ya quisieran los germanos.

      Confieso que siento cierta fascinación por las hormigas a la par que un sentimiento amor-odio. Al observar una fila de hormigas haciendo un recorrido, se puede ver como siempre, absolutamente siempre, todas se comunican con todas rozando sus antenitas. No importa cómo lo hacen, pero el mensaje es claro: en tal sitio hay condumio. No es que las hormigas no tengan un derecho legítimo, un derecho natural a alimentarse como toda criatura, lo que me molesta es que lo hagan en mi casa.

      Es más, no es que vengan a mi casa y se lleven las migas de pan que no hemos barrido, es que lo husmean todo y a la que te descuidas las tienes poniéndose ciegas con la “bomba de chocolate” con la que me quería dar yo un chute de endorfinas. Convendrán ustedes que eso despierta instintos asesinos. O sea, me doy un paseo de quince minutos hasta la panadería para mercarme el susodicho pastelito, icono de gula femenina premenstrual, y resulta que la marabunta recorre quince centímetros desde el enchufe por donde tienen su puerta secreta hasta mi amada y predestinada bomba de chocolate y la colonizan. ¡Un puñetero manto de hormigas frenéticas muerden, comen y cortan a cachitos minúsculos MI capricho!

¡Pues va a ser que no! 
Soldados, obreras, su majestad y el hormigón armado: ¡Es la guerra! 

      Creía que aplastar con el dedo a vuestras exploradoras era aviso suficiente, pero no. Ya veo que no os amedrentáis. ¡Pues yo no me ando con chiquitas y la bomba de chocolate es mía! 

      Rauda traigo y enchufo la aspiradora. Con el mando al desnudo succiono generaciones enteras de sorprendidas hormigas. No tardo mucho en dejar mi pastelito limpito de nuevo. Siempre puede más el ansia que los escrúpulos si no hay otro dulce en la casa. ¿Otro dulce en la casa? El horror de mi bomba de chocolate colonizada no me había dejado ver la autopista de seis carriles y medio (es que zigzaguean mucho) que se dirigía implacablemente hacia los goznes de mi despensa. ¡ Ah, no! ¡Esto sí que no! ¡ My home is my castle and su despensa su alma mater! Yo tampoco he leído El Arte de la Guerra de Sun Tzu (aún) y en estos momentos no descarto que se trate de una gran laguna cultural.

      Con cara de asesina en serie dirijo el tubo de la aspiradora hacia la maratón pro despensa y arraso: Highway to hell en la bolsa de la aspiradora. Son tantas que se oye un frufrú al aspirar que suena a música heavy metal. Abro la puerta de la despensa y ¡horror! ¡Están por todas partes! Un hervidero de hormigas sube y baja por doquier, escalando por las cajitas de te, en dirección opuesta a su entrada. Final station es el azucarero, tan lleno, que en vez de azúcar moreno parece azúcar negro. El azúcar se convierte en daño colateral, mientras ellas fenecen succionadas por un oscuro destino.

      Frenéticamente recorro cada rincón, cada paquete y bote, cada bolsa, cada caja, cada arista y toda superficie con el tubo de la aspiradora. ¡Morid, intrusas, ladronas, gorronas, morid! Si os hubierais conformado con las migas del suelo, tal vez habría sentido piedad, tal vez, pero no invadiendo una armario sagrado. Fru, fru, fru, no se acaba no. Fru, fru, fru, al tubo te vas tu. Venga salir de los pliegues de alguna caja con gesto de - ¿Hola? ¿Dónde estáis? ¿Compañeraaaaaa? ¡Fru! ¡Fru! ¡Fru!

      Tras 15 minutos de batalla cruenta no queda enemigo a la vista. Sonrío satisfecha, pero sé que no puedo saborear mi victoria. Esto sólo es el principio de una desesperada y pertinaz guerra de supervivencia y me temo, que hasta puede que yo lleve las de perder, porque no paro de pensar que esa gran familia de hormigas excava grandes laberintos de perfectos caminos por las paredes de mi casa y que a la fuerza, algún día la dejarán como un colador. Solo es cuestión de tiempo, que se desplome cual castillo de naipes, aunque no cejaré en mi empeño de combatir con fiereza al enemigo. Voy a considerar armas biológicas, químicas y la masilla “repara grietas” como armas a emplear mañana. Mientras tanto repetiré mis implacables incursiones cada media hora en lo que será una fase de guerra de desgaste. Digo yo, que lo de poner huevos tendrá un límite, ¿no?

sábado, 27 de junio de 2015

Y dos huevos duros...


        Hace unos meses visité a un cliente. Mientras esperaba sentada junto a un empleado joven de la oficina, entró por la puerta un operario del almacén: Pelo negro espeso con raya en medio, gafas redondas, cejas negras y anchas  y con bigote  rectangular y negro como un tizón. Porque no llevaba puro, ni frac, porque sino habría sido la reencarnación del actor y humorista Groucho Marx. Era "pastaico". Conforme lo miro y tras el primer impacto, me las veo y las deseo para no partirme el pecho de risa y gritar aquello de “¡más madera que es la guerra!”. Me saluda, le saludo, me contengo la risa, pero debo parecer increíblemente simpática, a pesar de quedarme muda cual Harpo. El doble de Groucho Marx pone cara de poker, pero me ha pillado seguro. Ese look no puede ser casualidad y mi cara tenía que ser un poema.

      Cuando por fin se ha ido, le comento al oficial el asombroso parecido de su colega con Groucho Marx. 
- ¿Quién?, me contesta el pipiolo.
- ¡Cielo Santo! ¿ Cuántos años tienes?, le espeto sin el menor pudor, sintiéndome abuela instantáneamente. Recordemos, que esas películas eran en blanco y negro, de cuando solo había dos canales, el televisor tenía un botón de rosca para cambiar de canal, por supuesto no era plano y yo era, por orden paterna, el mando a distancia. Las películas de los Hermanos Marx, que ya tenían 30 años cuando yo las veía de niña, eran divertidas y mordaces, llenas de burla de la sociedad, con altas dosis de humor absurdo. En resumen, películas que a una servidora siempre han encantado y que volvería a ver con el mismo cariño que a Indiana Jones en La última cruzada.

       Sin embargo, el joven profesional que me acompañaba (angelico, que le eché 30 años y tenía solo 24) ha nacido con el mando de la tele bajo el brazo en vez de con un pan, como hacíamos antaño, para que los padres nos lo llenaran de fiambre. Tendrá "i-todo" y no sabrá lo que es una carta de ajuste. Seguramente nació sabiendo programar un vídeo, mientras que yo me he permitido el lujo de no aprenderlo nunca. Eso que me he ahorrado, porque  ya no se usan.

      Buscamos imágenes de Groucho Marx a través de San Google omnisciente. Parece que estamos viendo el álbum familiar de su colega. Se me escapan las risas mientras mi compañero de fechoría reconoce que efectivamente su colega es clavado a Groucho Marx, pero sigue sin haber oído hablar de la estirpe, ni le suena siquiera ningún título de sus películas. Vehementemente le insisto en mirar alguna cinta de los Hermanos Marx, aunque sea por adquirir un poco de cultura cinematográfica ( y eso que yo tampoco soy ninguna experta, ni mucho menos) y con la misma vehemencia le insisto en que haga el favor de quitar las fotos de su pantalla antes de que entre el otro y vea el retrato de un señor muy famoso que podría ser su padre y que conoce seguro, vamos, que me la juego. Hay bigotes con identidad propia, inconfundibles, únicos, asociados por todo el mundo a un determinado personaje famoso, y el bigote rectangular de absurdas dimensiones de Groucho Marx es uno de ellos. Conseguir esa forma al natural, que no pintada, requiere, amén de ser peludo, de mucha intencionalidad. No lo tiene quien quiere, solo quien puede.

      Pero mi "iniciadado" en el mundo de los Hermanos Marx se había quedado clavado delante de la pantalla, fascinado por el parecido. - ¡Quítalo, por favor, que va a pasar tu colega de un momento a otro y nos va a pillar y me muero de la vergüenza! En tu casa te ves una película, pero ahora quita esas fotos.  Los segundos se arrastraban en vez de correr. - Que lo quites, chiquillo! - le rechinaba entre dientes... Pues le costó un rato despegarse de su descubrimiento, justo antes de que volviera la viva imagen de Groucho Marx a atravesar la estancia. Nuevamente saludó y le sonreí con cara de Harpo.
¡Sabe que lo sé!, pensé, muda, y recordando que tengo el pelo rizado como Harpo. Seguro que Chico se asoma por el umbral de la puerta de un momento a otro, o Zeppo, o los dos y "¡dos huevos duros!".

      Salí a respirar un poco el aire y a buscar un cómplice de mi generación, para echarme unas risas en compañía, que me gustan más, que ser la única que entiende el chiste. Encontré al ingeniero de la empresa, que ya peina canas y en algunos trozos de su cabeza no peina nada. No es que le tuviera mucha confianza al hombre, vamos que no habíamos hablado antes, pero yo estaba ansiosa por dar con un compinche de verdad. Decir aquello de “la parte contratante  de la primera parte será considerada por la parte contratante de la primera parte...” y que te entiendan. Tuve suerte. Terreno abonado. 

      - ¿ A qué síiiii? Se puso todo contento. Llevaba meses sin atreverse a comentar el mismo descubrimiento con nadie de la empresa. ¡ Qué angustia!, pienso para mis adentros. "... ¡Deje ese ridículo puesto de cacahuetes y le daré un empleo en el gobierno!..." ¿Tener que callar un secreto a voces? ¿Acostumbrarte en silencio a compartir tu vida ocho horas al día con el doble de Groucho Marx sin soltar alguna parida? ¡Cuánta contención!  Por un momento me siento afortunada. La suerte a veces se encuentra en los detalles más absurdos. ¡Qué rápido he podido quitarme la impresión surrealista de encima y además crear escuela!

miércoles, 18 de marzo de 2015

69



Llega una o uno a la edad “hay que”: o haces ejercicio o cualquier día te quedas hecha un cuatro delante del ordenador y ya no hay forma de estirar las piernas. A eso le sumas otras alegrías que vienen a la “mediana” edad, como la vista cansada o el ánimo cansado de ver noticias enervantes que hacen sentirte impotente. Antes de que esa impotencia se traslade a tus huesos y músculos, “hay que” reaccionar y hacer algo para mover el esqueleto...

La primera intentona consistía en salir a andar unos cinco km a paso ligero y a mitad camino mortificarse con unos aparatos de “talla única” que ha puesto el ayuntamiento justo delante de un cruce, de forma que todos los coches que se paran en el semáforo siguen por unos minutos la plasmación de unos buenos propósitos. ¡ Que se vea que estoy en forma! ( o al menos aparento públicamente tenerla). “Hay que” hacer deporte, y no desplazarse en coche a comprar el pan, censuro con mi mirada a los conductores, aunque haga frío, aire gélido y una humedad que te cala hasta los huesos, mucho antes de que las glándulas sudoríparas hayan exprimido la primera y triste gotita de sudor. ¡Las inclemencias del tiempo se combaten con “cardio” ( dícese de los ejercicios que te hacen sudar la gota gorda y sacan a la luz la penosa situación de tu fuelle, también se llaman quematocinos o matapersonas)!

Al cabo de dos semanas llegué a la conclusión de que el único que era feliz con el paseo era mi perro, para quien lo de mear todas las esquinas, árboles, farolas, ruedas de coche y papeles volando a lo largo de cinco kilómetros de trayecto nuevo es pura pasión y no le da pereza alguna levantar la pata una y otra vez. Nosotros también estuvimos levantando las piernas hacia delante y atrás al mismo tiempo en uno de esos aparatos unisex, unicolor y únicos para descoyuntarte como quien no quiere la cosa. Sendas tendinitis y tirones musculares dieron al traste con la nueva rutina vigoréxica. Se impuso el reposo casero y la conclusión de que salir diariamente a hacerse la milla del colesterol acaba siendo un coñazo mayúsculo.

Entonces surge la idea de hacer ejercicio en casa, sin tener que ponerse un modelito deportivo fashion con reflectantes fosforescentes, ni salir a empapar a la vecindad con el tufo de tus feromanas premenopáusicas. Es tan molesto sudar públicamente y no poder ir a tomarse una cervecita después. Felizmente rescatamos la WII del armario de los juegos, que aunque ya ha pasado por otras manos, está como nueva. Y como nueva quería quedarme yo haciendo ejercicios “wii-fit”. 

Conectamos la WII, no sin descubrir que las baterías del mando habían estirado la pata derramando su ácido interior sobre las conexiones. También descubrimos que lo de usar una WII está en desuso tirando a descatalogado y que ni “los chinos” tienen una mala copia del mando. No quedó otra que rascar y rezar y... funcionó. Ya nada se interpone en mi camino con su letrero en forma de flecha que reza “hay que...” Así que, me hice un avatar, un alter ego animado, un muñeco que por mucho que lo intentara no se parecía en absoluto a mi, de lo que se concluye que no solo salgo mal en las fotos posando en persona, sino que incluso mi avatar es poco fotogénico. Al final del proceso, me puse una barba y exclamé feliz: “¡ Mira, Aidanita Wurst!”

“Bienvenida Aidana a Wii – Fit. Vamos a hacer primero un test para comprobar tu estado de forma física o cuán atlética estás...” Descalza, encima de la tabla, introduzco mi edad y estatura e indico que llevo “ropa pesada” (soy muy friolera y llevaba como cuatro capas arriba). “Ahora vamos a hacer un ejercicio de equilibrio...” que consistía en mantenerse a la pata coja durante unos 30 segundos. “¡Buá, está chupado!” Me decido a usar mi pierna izquierda como pierna de apoyo (tradicionalmente era la pierna fuerte y de equilibrio, de salto...la buena, vamos) y alzo la derecha. Me invade el espíritu de Kárate Kid. Hasta ahí todo bien. Pero el tiempo es algo subjetivo. Los 30 segundos a la pata coja se me hicieron una eternidad, con tal tembleque en el tobillo que mi cuerpo se salía de la escala Richter por todos los costados. Con todo, sudando como si acabara de hacer dos horas de spinning, me alegro de que la dulce voz de “Wii – san” me informe de que mi equilibrio es casi perfecto, una miaja escorada hacia la izquierda. 

La simpática voz de Wii-san me anima a probar mis habilidades en el siguiente ejercicio, que consistía en cambiar el equilibrio de una pierna a otra, manteniendo las rayitas que salen en la pantalla dentro de unas franjas cada vez más estrechas y más alejadas entre sí durante tres segundos. Nuevamente es pertinente recordar que la percepción del paso del tiempo es sumamente subjetiva. Tan afanada por lucirme, no me fijé en la viñeta pequeñita que explicaba como hacer el ejercicio en condiciones, de forma que acabé adoptando posturas imposibles y casi me descoyunto y desmonto a lo Mr. Potato, para no pasar del segundo nivel – había ocho – y la tía idiota que habla por la tablet (“Wii-san”), prima hermana de la del tom-tom, me pregunta que si tropiezo mucho al andar. ¡Será estúpida! Si tropiezo es por despiste, no por descoordinación de mis miembros inferiores.

Exhausta, convencida de que me he roto algo seguro o que se me deben haber desplazado un par de vértebras del sitio, espero pacientemente que la señorita de la tablet me calcule mi índice de masa corporal, mi peso, y mi estado físico “Wii”. ¡Toma ya!, ¡Peso ideal!, aunque me recomienda bajar mi índice de masa corporal a 22, porque la gente de ese IMC enferma menos, y medio kilo más me mete en la zona roja del sobrepeso. ¡ Cachis! Lo que no dice, es que como mujer de “mediana edad”, corres el riesgo de que la fuerza de gravedad haga mucho más efecto en tu cuerpo que los beneficios de 5 kilos menos. Me marco como objetivo bajar 1 kilo en un mes, plazo y cantidad razonable si no quiero quedarme arrugada y fofa como un globo desinflado. Felicitaciones de Wii-san por mis nuevos propósitos, tan nuevos que ni me los he hecho jamás en año nuevo. Soy realista. Semejante propósito está destinado al fracaso, pero no se lo digo a Wii-san. Sin embargo, ella parece intuir mi secreta auto-traición y me espeta su sentencia final: ¡¡¡Aidana, su edad Wii-fit es de 69 años!!! ¿Será cabrona? ¿¿¿ 69??? Mi marido, convertido en un Tiger Woods de zapatillas y chándal deslavazado ensaya su swing con el mando de la WII y sonríe en silencio. Es tan prudente y yo una adelantada de mi tiempo... 22 años... Por cierto, yo también pensaba que lo de “69” era un número chulo, sugerente..., pero Wii-San lo ha fastidiado todo.

sábado, 26 de julio de 2014

Respuesta a comentarios

Estimados lectores:
Muchas gracias por vuestros comentarios y felicitaciones. Si no he respondido directamente no ha sido por desidia, sino porque por alguna razón que mi mente poco tecnológica no acaba de comprender, por mucho que lo intento, no puedo. Le clico a "responder", pero la ventana que se debería abrir para escribir la respuesta se vuelve a cerrar otra vez y no hay opción. No sé si es por el sistema operativo de mi ordenador o porque soy torpe, no descarto ninguna causa, pero no puedo. Algo no funciona...
Así que, vía nueva entrada: muchas gracias!!! Me alegra mucho tener nuevos lectores y, sobre todo, saber que mis lectores se lo pasan bien leyéndome, pues me da ganas de escribir más. Gracias! Gracias! Gracias!

viernes, 25 de julio de 2014

Odio a los Culicidae

¿Esto qué es lo que es?, se preguntaran algunos. Confieso que acabo de mirarlo en la Wikipedia. 

Son pequeños y veloces predadores alados. Vampiritos peligrosos y molestos de no más de 15 mm de longitud. Las hembras pican, o sea, perforan la piel con su  probóscide, que es un apéndice alargado y tubular situado en la cabeza. Es su "boca", ya que a través del tubo inyectan su anestésico/anticoagulante y luego te chupan la sangre, que necesitan para desarrollar sus huevos. 

Sin embargo, los machos se alimentan de golosinas de la naturaleza: savia, néctar, jugos de frutas. Tan glotones ellos parecen hasta simpáticos, pero lo de comer azúcar tiene como fin pasarse por la piedra a las hembras y así fabricar muchas más hembras y machos. Son autores corresponsables! Los odio también. 

Supongo que ya está claro lo que son los Culicidae, pero por si hubiera algún rezagado, releyendo en voz alta la palabra "probóscide" (¿ a que suena a algo muy pijo?)................... Los excesivos puntos suspensivos son para tener tiempo de volver a decirlo en voz alta y así opinar, si "probóscide" suena a algo pijo (" O sea, no veas como mola mi nuevo probóscide azul."), a insulto (¿ Serás probóscide?), a rango eclesiástico ( "El nuevo probóscide de la diócesis de ...), a pueblo griego (Vacaciones de lujo en el idílico pueblo de Probóscide bañado por el Mar Egeo...) o a lo que a cada cuál le sugiera, pero vamos, que en este caso no deja de ser la trompa de un mosquito. 

Ergo, odio a los mosquitos, pero ellas me aman. Me adoran. Me tienen auténtica devoción. Soy su gula del norte, "Bocatto di Cardinale", su manjar. Vienen a mi como las moscas a la miel o la familia a la nevera y me pican. ¡ Me pican! Les gusto mucho y ningún tejido las disuade. Ni las pulseritas baratas de los chinos con olor a "citronela", ni las caras y supuestamente más sofisticadas pulseras de la farmacia repelen a las pérfidas "Señoras de Mosquito" de darse un festín a costa de mi fluido vital. Me quité la última pulsera cara del tobillo, cuando me picó una mosquito a menos de un centímetro de la pulsera "repelente". Encima, era muy incómoda, amarillo fosforescente y me hacía sudar la muñeca, por eso la llevaba en el tobillo. La pulsera baratuja, de un rojo más llevadero, elástica y apta para ser pulsera sin agobiar, ha resultado ser del todo inútil en su pretendida función protectora, disuasoria o repelente, permitiendo los abusos en mi piel de dos hembras Culicidae muy voraces. Me rasco y les cuento:

La primera Señora de Mosquito cenó el martes en mi nalga derecha (¡ Culicidae!), en mi barriga y en el codo izquierdo. En la espalda, justo entre los dos omóplatos, ahí donde no llegan bien los dedos, se metió dos chutes: uno, a la altura del cierre del sujetador y el otro, varios centímetros por encima, nivel contorsionista. ¡Juré venganza! La encontré a la mañana siguiente desprevenida, confiada, ahíta, haciendo la digestión, que tenía que ser por fuerza una digestión muy pesada, mirándose la panza en el espejo, con las bragas bajadas y soñando con un amante vegano, dulce como el azúcar para el postre. Feneció espachurrada en el espejo por una maniobra implacable de la menda con una toalla, dejando sobrada constancia de su glotonería. El reflejo de la sangre en el espejo aumentaba la sensación de batalla sangrienta "en diferido". !Victoria! Rip. Rip. Hurra.

La segunda hizo una actuación estelar la noche del miércoles. Amparada por las sombras de la noche y los ruidos de la calle, que ocultaban su zumbido de guerra, me sacó como medio litro de sangre en dos picaduras en el muslo derecho, que pensé: ¡ No puede querer más!, pero me equivoqué. En vano intenté protegerme tapándome con la sábana hasta el cuello a pesar del sofocante calor. Encontró un hueco de cinco centímetros cuadrados donde se tomó un piscolabis por cada centímetro y de postre, un chupito en el primer nudillo de mi meñique derecho y otro en el mentón. Tanto ensañamiento me despertó. El picor despierta mucho, o sea, que uno pasa de estar tostado a tener cara de pollo en alerta. Gracias a esa apertura excesiva de párpados, la encontré limpiándose mi sangre de los morros en una blanca pared. Estampé mi mano velozmente y con tanta fuerza sobre ella que aún me duele la mano y me dura la satisfacción. Ahí se ha quedado inmortalizada sobre un lienzo blanco, ironías de la vida. 

En resumidas cuentas, estoy claveteada y llena de ronchones que me pican una barbaridad, porque soy más sensible de lo normal y las picaduras tardan mucho en curarse. Sí, quiero dar pena y que me digan eso de "tienes la sangre muy dulce" o "te pican porque estás muy buena". 

Mi grupo sanguíneo es 0 +, que en lengua mosquito es "¡Ohh, más!"

Yo soy donante de sangre. Pero me gusta decidir cuándo la dono y no me gusta ser el alimento de nadie mientras siga viva, al menos no con estos inconvenientes. Porque, vamos a ver, el picotazo en medio de la nalga es embarazoso de rascar. Cuando se anda, la ropa roza, la picazón aumenta, la desazón anula cualquier pensamiento racional y el impulso de rascarse se hace inconsciente. ¡Zas, zas, zas, zas, zas, zas...! ¡¿Quién tuviera ahora un tenedor a mano?! Eso sí, a la nalga al menos se alcanza, pero los dos picotazos de en medio de la espalda son de tener muy mala idea. Hay que ser hija de su madre para hacer eso. El brazo se puede doblar por la espalda por poco tiempo y atinar con la mano retorcida es costoso y acaba por doler el hombro. No queda otra que restregarse cual oso por los quicios de las puertas. Eso tampoco es muy fino, pero a veces la necesidad puede más que la buena educación. ¿Que Usted no haría eso? ¡No me sea probóscide!

Se está poniendo el sol. ¡Tengo mucho miedo! 

Cuando en la noche me despierto por el zumbido de un mosquito siento cierto terror. Sacudo fuertemente la cabeza haciendo volar el pelo, porque los mosquitos tienden a posarse rápidamente. Entonces escudriño paredes, muebles, cuadros, cortinas, ropa y cualquier sombra para contraatacar. ¡ Sé que estás ahí y voy a por ti, cabrona! Estoy segura que debo de tener un poco pinta de psicópata en esos momentos. La cenefa de zapatillazos en la pared corrobora un poco esta teoría, creo. Que no, es broma. Si ella juega mejor al escondite que yo, me voy rápidamente al salón cerrando la puerta y me refugio en el sofá. Pero, y esto sucede de verdad, si en el sofá también soy atacada por otra famélica Señora de Mosquito, vuelvo con la del buen escondite, que tiene menos hambre que la nueva...

Montaje de Ana Bastida inspirado en mi relato. Gracias, Ana. 
c

jueves, 8 de mayo de 2014

Atrapado

Rulo de cartón
      mudo testigo
        del servicio prestado
             en el suelo te hallo
                          nadie te vio
                    menudo fallo
               aquí sentado
        uno consigo
en su sesión

Miro el suelo
     baldosas de gres
         sombras marrones
              caras color arena
           atrapadas en la piedra
                y no es una pena
       que esas expresiones
  sin imaginación no ves
¡ qué desconsuelo!

No todo está perdido
     cuando el papel te falla
        ni para ver caras en el suelo
      la imaginación se calla
no pierdas el sentido

Grita, con desesperación
          por si alguien te oye
            atrapado en el trono
            como cara en la piedra
                   parado el crono
            si no, siempre fluye
agua del bidé, la salvación

jueves, 17 de abril de 2014

La loca

Todo el mundo tiene en su vecindario personajes peculiares, que por bien o por mal, se salen de la norma. Yo, que vivo en un barrio que es exponente de la España profunda, con sus casitas tortuosas por extrañas divisiones de herencias, con sus tejados planos, típicos de los pueblos costeros del Mediterráneo, también tengo vecinos sorprendentes. Está mi vecino Miguel, que a mi perro Ron lo llama Roque y el perro le hace caso al nombre de Roque, o mi vecina María, que es gitana, y una tarde, arreglando las flores de su porche con la melena chopada me dijo que se acababa de lavar el pelo porque “iba hecha una gitana”. También está el José, que compro la casa que linda por detrás con la mía y estaba dispuesto a levantar dos alturas más a las dos que ya tiene, para taparme las ventanas que dan a su patio, alegando que mi casa también tenía esas dos alturas, pero sin tener en cuenta que vivimos en un cabezo y por tanto mi planta baja está a la altura de su segunda planta. Tiene una habitación en la terraza que quería arreglar para su hijo, pero al final el hijo ha pasado mil de mudarse a la terraza y en vista del éxito, la ha poblado con una gallina y tres gallos. Hay gallinas que viven muy bien. Luego está el crío de un par de casas más allá que tiene palomos y de vez en cuando viene a mi terraza a rescatar alguna. O el que cría perros de raza pequeña en su terraza y tiene, al menos a mi me lo parece, mil chuchos ladrando con voces estridentes. Pero la vecina más destacada sin lugar a dudas es una que todos llamamos “la loca”.

La loca tiene una enfermedad neuropsiquátrica que se llama Síndrome de Tourette, que en su estado grave - el suyo es muy grave - tiene una característica socialmente poco agradable, que es la llamada coprolalia, o sea, un trastorno desinhibidor que consiste en proferir de forma incontrolada y compulsiva todo tipo de palabrotas, insultos y suposiciones absurdas o verdades como puños que cualquier otra persona se callaría por vergüenza torera. Por lo demás, mi vecina es una señora normal, aunque con afonía crónica, que trabaja, cuida de su casa y su familia, hace la compra, etc.

                Aunque con el paso del tiempo todo el vecindario se ha acostumbrado a la loca, no dejamos de sufrir todos su enfermedad, ella a grito pelado y los vecinos en silencio, como las almorranas. No nos ha quedado otra que tomárnoslo con mucho humor y más paciencia, porque encima, la señora no duerme mucho, con lo cual hay días que a las seis de la mañana ya está asomada a la ventana gritando animaladas y se tira doce horas desgallitándose hasta quedarse ronca y afónica. Además es constante y aplicada y no descansa ni en domingos, como si fuera china. Hay que reconocer, que de vez en cuando nos da envidia cochina, porque eso de asomarse de cuando en cuando a la ventana y “cagarse en la madre que los parió a todos” tiene que ser un gustazo.

La loca tiene una peculiar fijación con la iglesia, los curas y  las monjas, aunque de vez en cuando lo toma con vecinos concretos, como cuando le dio por gritar “¡¡¡La maruja está preñaaaaaa!!! ¡¡¡ La maruja es una guarraaaaaaaa!!!” La pobre maruja es una abuela con cerca de 80 años, que el 90% de las veces se mordía la lengua y el 10% restante se limitaba a contestarle “¡Qué te calles yaaaaaa!” Pobrecita, se acabó mudando a casa de su hija y la loca volvió a sus barbaridades sobre curas y monjas. Su frase preferida es: “¡El cura se folla a las monjas! ¡Las monjas son todas unas guaaaaarrraaaaaas, que lo sé yo! ”

Da la casualidad, de que justo enfrente de la casa de la loca está la sede del paso morao del pueblo, donde guardan el trono del Cristo Nazareno y creo que de alguna virgen también. De ahí salen o acaban la mayoría de las procesiones, se hacen los encuentros, se cantan saetas, bastante bien, por cierto, y ensayan, muy a pesar del vecindario, unos cabrones empecinados en tocar las cornetas aunque no tengan ni pajolera idea, y que desafinan como condenados. A veces dudamos si están maltratando a los gatos callejeros o si Dios nos los envía en calidad de castigo divino, para que hagamos penitencia, porque a la loca ya nos hemos acostumbrado. En las fechas señaladas de eventos católicos, en Semana Santa en particular, los vecinos sufrimos nuestro propio calvario, con las cornetas y la loca flagelando nuestros tímpanos y poniendo a prueba nuestra paciencia y capacidad de perdonar. Francamente, es un sindiós – se ha pirado lejos de ahí fijo-, en el que no nos queda otra que rezar “perdónales, porque no saben lo que hacen…” No quiero parte de como lo tienen que pasar los que además de sufrir esta tortura en silencio, tienen la desgracia de tener almorranas.

Hace unos años, nos dio a la familia por salir a la puerta de la casa a ver un rato la procesión. Toc, toc, golpeapa el mayordomo su bastón en el suelo y a una los costaleros alzaron el trono y comenzaron a moverse pasito a pasito. La plaza y las calles a reventar de gente emocionada, clavariesas, curas, monjas, niños vestidos de primera comunión, autoridades, y los vecinos del barrio asomados. “¡uno, dos, uno, dos!”, se sabe que los tronos pesan un quintal y todos hacen fuerza, los que lo llevan y los que miran. De repente se abrió la ventana y se asomó la loca en todo su elemento y gritó a toda la congregación que había debajo de su ventana, cristo incluido: “¡La virgen es una puuuuuutaaaaa! ¡La virgen no es ninguna viiiirgeeeeen! ¡La viiiiirgeeeeen se follaba a San Joséeeeee como las monjas se follan a los cuuuuraaaaas! ¡Es todo mentiiiiiraaaaa! ¡Las monjas os van a robar vuestros hiiiiijooooos!” Reconozco que los vecinos nos descojonamos todos, pero los demás asistentes giraron al unísono la cabeza hacia arriba y miraron a la loca como si fueran los chicos del maíz y la pudieran fulminar con la mirada. La loca tragó saliva, cogió aire y volvió a la carga, mientras los municipales aporreaban la puerta hasta reventar la cerradura…


Desde entonces, llegada la Semana Santa, la loca nos da unos días de vacaciones. Al parecer el ayuntamiento llegó a un acuerdo con la familia para que se la llevaran en esos días lejos de cristos, vírgenes, curas, monjas y demás devotos. Una pena, le daba un toque divertido a la procesión. Nos hemos quedado solo con la tortura de las cornetas. Me estoy pensando suplantar a la loca, asomarme a la ventana y gritar: “¡Los de las cornetas son unos hijos de putaaaaaa, no tienen ti puñetera idea de tocaaaaaar! ¡Vaís a hacer que el Cristo se suelte de la cruz para taparse los oidooooos! ¡Cabrooooneeeees, iros a tocar a la puerta de vuestra casaaaaa!”

jueves, 3 de abril de 2014

Sin comerlo, ni beberlo

      El lunes, un compañero del trabajo me dice con tonito de sorna: “Hay que ver cómo te cuidas, comiendo en el puerto este fin de semana con tu marido…” Atónita respondo: “¿Yo? Bueno, estuvimos comiendo juntos, pero cerca del puerto es un decir.” Y me callo que estuvimos tomando unas tapitas a lo bueno, bonito y barato en un sitio muy recomendable, pero con mucho menos glamour que “el puerto”. Pregunto: “¿Es que has estado el fin de semana de excursión en mi pueblo?” Capaz es de haberme visto y no decir nada. “¿Yo, no? ¿Tú no has estado comiendo en el restaurante del puerto de Roquetas de Mar, el domingo, con tu marido y con otro matrimonio?”, insiste inquisitoriamente como si estuviera a punto de pillarme en un renuncio. “Que no, te digo. Que yo el fin de semana me he ido a mi casa y estuvimos tapeando mi marido, mi hijo y yo.” Se empieza a reír a carcajadas y me dice: “¡Acompáñame!”

      Le sigo hasta la ventanilla de una camioneta de uno de nuestros agricultores, que está en la cola para descargar su mercancía en el almacén de la empresa. Nos saludamos. El agricultor me mira con cara expectante, mientras mi compañero le pregunta: “¿No decías que habías invitado a la comercial, a su marido y a un matrimonio que iba con ellos a comer este fin de semana en el puerto de Roquetas?”  “Sí…” Asiente, me sonríe y espera mi agradecimiento. “Pues no era ella, que ella se había ido a su pueblo. Así que, tú sabrás a quién has invitado.” Y con las mismas se troncha. La cara del agricultor es un poema. La mía también. “Pues era igual que tu, hasta el móvil con la funda rosita.” “Sí, que primero estuvisteis en la terraza y luego entrasteis al interior del restaurante”, matiza su mujer. “¿Qué? Yo, no he estado aquí el domingo. Yo me fui a mi casa, como todos los fines de semana…” La cara se le descompone en segundos. “Será que tengo un doble, pero vamos… ¡Muchísimas gracias! Te agradezco en el alma el gesto, pero no era yo...” No puedo evitar por un momento sentirme culpable por tener, por lo visto, un careto tan común. “Lo bueno abunda…”, intento quitarle hierro al fuego, “Lo siento, por la confusión, pero muchísimas gracias, ejem…”


      Bien pensado, me siento halagada y querida, sinceramente. Encima, la comida le tiene que haber costado una pasta. Francamente ha sido muy generoso conmigo, aunque los beneficiarios hayan sido unos perfectos desconocidos, que tienen que haber “flipado en colorines.” Sin comerlo ni beberlo, nunca mejor dicho, estoy en deuda con él. Aún me pregunto cómo no se acercó a la mesa a saludar. Además, debió de pensar que yo era una maleducada, por no ir a su mesa a agradecerle el generoso gesto, yo que soy más saludadora que un cachorro de perro. Pero, lo más inquietante es lo de tener una doble, que se peina como yo y que se parece tanto a mí, que un señor, con el que hablo casi a diario desde hace un año, me haya confundido con ella. Estoy intrigadísima…