jueves, 17 de abril de 2014

La loca

Todo el mundo tiene en su vecindario personajes peculiares, que por bien o por mal, se salen de la norma. Yo, que vivo en un barrio que es exponente de la España profunda, con sus casitas tortuosas por extrañas divisiones de herencias, con sus tejados planos, típicos de los pueblos costeros del Mediterráneo, también tengo vecinos sorprendentes. Está mi vecino Miguel, que a mi perro Ron lo llama Roque y el perro le hace caso al nombre de Roque, o mi vecina María, que es gitana, y una tarde, arreglando las flores de su porche con la melena chopada me dijo que se acababa de lavar el pelo porque “iba hecha una gitana”. También está el José, que compro la casa que linda por detrás con la mía y estaba dispuesto a levantar dos alturas más a las dos que ya tiene, para taparme las ventanas que dan a su patio, alegando que mi casa también tenía esas dos alturas, pero sin tener en cuenta que vivimos en un cabezo y por tanto mi planta baja está a la altura de su segunda planta. Tiene una habitación en la terraza que quería arreglar para su hijo, pero al final el hijo ha pasado mil de mudarse a la terraza y en vista del éxito, la ha poblado con una gallina y tres gallos. Hay gallinas que viven muy bien. Luego está el crío de un par de casas más allá que tiene palomos y de vez en cuando viene a mi terraza a rescatar alguna. O el que cría perros de raza pequeña en su terraza y tiene, al menos a mi me lo parece, mil chuchos ladrando con voces estridentes. Pero la vecina más destacada sin lugar a dudas es una que todos llamamos “la loca”.

La loca tiene una enfermedad neuropsiquátrica que se llama Síndrome de Tourette, que en su estado grave - el suyo es muy grave - tiene una característica socialmente poco agradable, que es la llamada coprolalia, o sea, un trastorno desinhibidor que consiste en proferir de forma incontrolada y compulsiva todo tipo de palabrotas, insultos y suposiciones absurdas o verdades como puños que cualquier otra persona se callaría por vergüenza torera. Por lo demás, mi vecina es una señora normal, aunque con afonía crónica, que trabaja, cuida de su casa y su familia, hace la compra, etc.

                Aunque con el paso del tiempo todo el vecindario se ha acostumbrado a la loca, no dejamos de sufrir todos su enfermedad, ella a grito pelado y los vecinos en silencio, como las almorranas. No nos ha quedado otra que tomárnoslo con mucho humor y más paciencia, porque encima, la señora no duerme mucho, con lo cual hay días que a las seis de la mañana ya está asomada a la ventana gritando animaladas y se tira doce horas desgallitándose hasta quedarse ronca y afónica. Además es constante y aplicada y no descansa ni en domingos, como si fuera china. Hay que reconocer, que de vez en cuando nos da envidia cochina, porque eso de asomarse de cuando en cuando a la ventana y “cagarse en la madre que los parió a todos” tiene que ser un gustazo.

La loca tiene una peculiar fijación con la iglesia, los curas y  las monjas, aunque de vez en cuando lo toma con vecinos concretos, como cuando le dio por gritar “¡¡¡La maruja está preñaaaaaa!!! ¡¡¡ La maruja es una guarraaaaaaaa!!!” La pobre maruja es una abuela con cerca de 80 años, que el 90% de las veces se mordía la lengua y el 10% restante se limitaba a contestarle “¡Qué te calles yaaaaaa!” Pobrecita, se acabó mudando a casa de su hija y la loca volvió a sus barbaridades sobre curas y monjas. Su frase preferida es: “¡El cura se folla a las monjas! ¡Las monjas son todas unas guaaaaarrraaaaaas, que lo sé yo! ”

Da la casualidad, de que justo enfrente de la casa de la loca está la sede del paso morao del pueblo, donde guardan el trono del Cristo Nazareno y creo que de alguna virgen también. De ahí salen o acaban la mayoría de las procesiones, se hacen los encuentros, se cantan saetas, bastante bien, por cierto, y ensayan, muy a pesar del vecindario, unos cabrones empecinados en tocar las cornetas aunque no tengan ni pajolera idea, y que desafinan como condenados. A veces dudamos si están maltratando a los gatos callejeros o si Dios nos los envía en calidad de castigo divino, para que hagamos penitencia, porque a la loca ya nos hemos acostumbrado. En las fechas señaladas de eventos católicos, en Semana Santa en particular, los vecinos sufrimos nuestro propio calvario, con las cornetas y la loca flagelando nuestros tímpanos y poniendo a prueba nuestra paciencia y capacidad de perdonar. Francamente, es un sindiós – se ha pirado lejos de ahí fijo-, en el que no nos queda otra que rezar “perdónales, porque no saben lo que hacen…” No quiero parte de como lo tienen que pasar los que además de sufrir esta tortura en silencio, tienen la desgracia de tener almorranas.

Hace unos años, nos dio a la familia por salir a la puerta de la casa a ver un rato la procesión. Toc, toc, golpeapa el mayordomo su bastón en el suelo y a una los costaleros alzaron el trono y comenzaron a moverse pasito a pasito. La plaza y las calles a reventar de gente emocionada, clavariesas, curas, monjas, niños vestidos de primera comunión, autoridades, y los vecinos del barrio asomados. “¡uno, dos, uno, dos!”, se sabe que los tronos pesan un quintal y todos hacen fuerza, los que lo llevan y los que miran. De repente se abrió la ventana y se asomó la loca en todo su elemento y gritó a toda la congregación que había debajo de su ventana, cristo incluido: “¡La virgen es una puuuuuutaaaaa! ¡La virgen no es ninguna viiiirgeeeeen! ¡La viiiiirgeeeeen se follaba a San Joséeeeee como las monjas se follan a los cuuuuraaaaas! ¡Es todo mentiiiiiraaaaa! ¡Las monjas os van a robar vuestros hiiiiijooooos!” Reconozco que los vecinos nos descojonamos todos, pero los demás asistentes giraron al unísono la cabeza hacia arriba y miraron a la loca como si fueran los chicos del maíz y la pudieran fulminar con la mirada. La loca tragó saliva, cogió aire y volvió a la carga, mientras los municipales aporreaban la puerta hasta reventar la cerradura…


Desde entonces, llegada la Semana Santa, la loca nos da unos días de vacaciones. Al parecer el ayuntamiento llegó a un acuerdo con la familia para que se la llevaran en esos días lejos de cristos, vírgenes, curas, monjas y demás devotos. Una pena, le daba un toque divertido a la procesión. Nos hemos quedado solo con la tortura de las cornetas. Me estoy pensando suplantar a la loca, asomarme a la ventana y gritar: “¡Los de las cornetas son unos hijos de putaaaaaa, no tienen ti puñetera idea de tocaaaaaar! ¡Vaís a hacer que el Cristo se suelte de la cruz para taparse los oidooooos! ¡Cabrooooneeeees, iros a tocar a la puerta de vuestra casaaaaa!”

jueves, 3 de abril de 2014

Sin comerlo, ni beberlo

      El lunes, un compañero del trabajo me dice con tonito de sorna: “Hay que ver cómo te cuidas, comiendo en el puerto este fin de semana con tu marido…” Atónita respondo: “¿Yo? Bueno, estuvimos comiendo juntos, pero cerca del puerto es un decir.” Y me callo que estuvimos tomando unas tapitas a lo bueno, bonito y barato en un sitio muy recomendable, pero con mucho menos glamour que “el puerto”. Pregunto: “¿Es que has estado el fin de semana de excursión en mi pueblo?” Capaz es de haberme visto y no decir nada. “¿Yo, no? ¿Tú no has estado comiendo en el restaurante del puerto de Roquetas de Mar, el domingo, con tu marido y con otro matrimonio?”, insiste inquisitoriamente como si estuviera a punto de pillarme en un renuncio. “Que no, te digo. Que yo el fin de semana me he ido a mi casa y estuvimos tapeando mi marido, mi hijo y yo.” Se empieza a reír a carcajadas y me dice: “¡Acompáñame!”

      Le sigo hasta la ventanilla de una camioneta de uno de nuestros agricultores, que está en la cola para descargar su mercancía en el almacén de la empresa. Nos saludamos. El agricultor me mira con cara expectante, mientras mi compañero le pregunta: “¿No decías que habías invitado a la comercial, a su marido y a un matrimonio que iba con ellos a comer este fin de semana en el puerto de Roquetas?”  “Sí…” Asiente, me sonríe y espera mi agradecimiento. “Pues no era ella, que ella se había ido a su pueblo. Así que, tú sabrás a quién has invitado.” Y con las mismas se troncha. La cara del agricultor es un poema. La mía también. “Pues era igual que tu, hasta el móvil con la funda rosita.” “Sí, que primero estuvisteis en la terraza y luego entrasteis al interior del restaurante”, matiza su mujer. “¿Qué? Yo, no he estado aquí el domingo. Yo me fui a mi casa, como todos los fines de semana…” La cara se le descompone en segundos. “Será que tengo un doble, pero vamos… ¡Muchísimas gracias! Te agradezco en el alma el gesto, pero no era yo...” No puedo evitar por un momento sentirme culpable por tener, por lo visto, un careto tan común. “Lo bueno abunda…”, intento quitarle hierro al fuego, “Lo siento, por la confusión, pero muchísimas gracias, ejem…”


      Bien pensado, me siento halagada y querida, sinceramente. Encima, la comida le tiene que haber costado una pasta. Francamente ha sido muy generoso conmigo, aunque los beneficiarios hayan sido unos perfectos desconocidos, que tienen que haber “flipado en colorines.” Sin comerlo ni beberlo, nunca mejor dicho, estoy en deuda con él. Aún me pregunto cómo no se acercó a la mesa a saludar. Además, debió de pensar que yo era una maleducada, por no ir a su mesa a agradecerle el generoso gesto, yo que soy más saludadora que un cachorro de perro. Pero, lo más inquietante es lo de tener una doble, que se peina como yo y que se parece tanto a mí, que un señor, con el que hablo casi a diario desde hace un año, me haya confundido con ella. Estoy intrigadísima…