viernes, 30 de agosto de 2013

El Tíosidoro o pragmatismo rural



       El tío Isidoro, o Tíosidoro, es delgado y apenas sobrepasa el metro y medio de estatura. La genética y la escasa alimentación de la infancia durante la posguerra española a base de cachulí, que se hace de las harinas de las almortas o guijas, no le han permitido despuntar más. Hoy día apenas se plantan guijas y la mayoría de las que sí, sirven de forraje, pero tienen el inconveniente de producir meteorismo tanto en humanos, como en animales ( pedos de los que huelen con y sin ruido al ser expelidos). Pero no va la historia por caminos escatológicos.

       El Tíosidoro, pequeñete él, tiene mucho nervio y pocas calorías. Eso le lleva a realizar las tareas del campo, porque es agricultor manchego que honra su patrón San Isidro, a unas velocidades de vértigo. En épocas de vendimia, se conoce que tener la misma altura que las cepas, amén de la experiencia, habilidad y nervio ya comentado, le otorga una sensible ventaja comparativa y consecuente mayor rendimiento. Mientras el resto de la cuadrilla vendimia a tajo parejo, el Tíosidoro tarda na y menos en adelantarles varios hilos o filas de cepas. Es una máquina.

       Cuando empieza la vendimia en Castilla la Mancha, el verano ya se ha despedido. Un frío viento, el Solano, refresca los pueblos de la meseta, que durante tres meses de verano son tan calurosos, que el que tenga que andar por el sol a mediodía se siente faquir o perdido en una sauna. Pero en vendimia, el calor es un recuerdo lejano. El frío arrecia, en especial cuando se madruga a las cinco de la mañana para llegar en tractor hasta la lincha más lejana y comenzar el tajo con los primeros rayos del sol. El rocío contribuye aún más a que el frío penetre en el cuerpo, por lo que es importante abrigarse bien. Tíosidoro, a cosa de las nueve de la mañana, hora del almuerzo, ya se había desprendido de su tabardo y dos jerséis de lana, de los gordos, gordos. Para el mediodía le habían seguido otros dos jerséis y varias camisetas de manga larga, dejando un reguero de prendas por las cepas, de forma que Tíosidoro parecía la versión rural de la increíble historia del hombre menguante. 

       Un año, la familia se fue a recoger aceitunas, o sea, después de Reyes. El invierno crudo había castigado los olivos. La mayor parte de la cosecha estaba en el suelo. Era necesario recoger las aceitunas caídas a mano, una a una, ayudados por unos sacos de arpía rellenos de paja en los que hincar las rodillas. Antes de salir, el Tíosidoro se había estado quejando de un fuerte dolor de cabeza. Se tomó una pastilla por recomendación de la tía Carlota, su mujer, y fue con los demás a recoger aceitunas.
Debajo de cada olivo se situaban varios miembros de la familia, arrodillados en los sacos mullidos, a recoger laboriosamente las aceitunas caídas y a charlar animadamente de esto y de lo otro. Pero ese día, el Tíosidoro no estaba para trotes. La faena no le cundía como de costumbre. En su cara había dolor y sus movimientos eran a cámara lenta. Frecuentemente cerraba los ojos y dejaba las manos extendidas, sin acabar de coger ninguna aceituna, como si se hubiera quedado paralizado. Poco a poco se fue encorvando, plegándose sobre sí mismo, hasta que llegó un momento en el que el peso de la cabeza venció todo el cuerpo hacia delante, hincó la frente en la tierra y se quedó con el culo en pompa. Casi hubiera parecido un musulmán rezando, si no fuera porque los pies se despegaron del suelo. Se quedó en posición fetal, pero de canto.

- ¡Isidoro!, gritó la tía Carlota asustada. -¿Isidoro, qué te pasa? Tíosidoro levantó pesadamente la cabeza, con la frente manchada de tierra. - No sé, contestó adormilado y volvió a hincar la cabeza en la tierra, durmiéndose al instante. - ¿Isidoro? ¿Muchacho, estás bien? ¡Isidoro! Tíosidoro abrió un ojo. - Me sigue doliendo mucho la cabeza y tengo mucho sueño. No sé qué me pasa, balbuceó de nuevo, con el culo en pompa, pies en alto y cabeza en tierra. - ¡Madre mía! ¿Isidoro, qué te pasa?, gritaba la tía preocupada, mientras sacudía a su marido. Tíosidoro se incorporó un poco. - Tengo mucho sueño y me duele mucho la cabeza, se lamentaba de nuevo. - ¿T'has tomao la pastilla pal dolor de cabeza que te he dicho?, inquirió tía Carlota. - Sí, pero no m'ha hecho na. Esa pastilla no vale pa na. Me sigue doliendo la cabeza igual o más y tengo mucho sueño. Volvió a encorvarse y cerró los ojos. - ¿Isidoro, muchacho, t'has tomao la pastilla que te he dicho, de la caja blanca con las rayas rojas, la que pone “pal dolor de cabeza”? - Esa no, contestó somnoliento. - ¿Cómo que esa no? ¿ Entonces cuála t'has tomao? - Es que la que tu m'has dicho era grandísma. Yo eso no me lo puedo tragar. - Entonces, ¿qué t'has tomao? - Pos huna más pequeñeta. - ¿Cómo que una más pequeñeta? ¿Cuála? - De las que te tomas tu cuando te duele la cabeza. - ¿Yo? ¡Madre santísma! ¿Isidoro, qué – pastilla – t'has - tomao? ¡Por el amor de Dios! - Pos huna, yo qué sé. Es que la que tu m'has dicho parecía una rueda de carro. Tienes unas cosas. Tu te las tomas pequeñetas y a mi me mandas que me tome una pastilla que parece una moneda de cinco duros. - ¡Virgen del amor hermoso! ¿Isidoro, qué - pastilla - t'has - tomao? ¿De - ande - l'has - sacao? - Yo qué sé. Pos huna, ¿no te digo?, pequeñeta, amarilleta, de tu mesita de noche. - ¿De la cajita verde y azul? - Sí, d'haí. ¿Qué más da? Pos huna pastilla, ¿no? - ¡Uuuuuhhhhh, madre mía del Dios santísmo! ¡Qué hombre!¡ Pero si esas son mis pastillas para dormir! - ¿Y yo qué sé? Pero era más pequeñeta.