lunes, 12 de agosto de 2013

uncent nicuásniplo niuntallcuásnipló nicuásnipló trencitas

No será la ortografía correcta, pero viene a decir 999 trenzas en Manyaco, lengua hablada en algunas partes de Senegal y Guinea Bissau. Lo he buscado en el Google Translator, pero no sale el Manyaco... Lo aprendí ayer, un domingo de agosto soleadísimo, a orillas del Mediterráneo, sentada en una silla de plástico de Cruzcampo, en el paseo marítimo de la "Urba" de Roquetas de Mar. Me lo enseñó mi compañera y amiga de Senegal, Segunda, que es negra como el betún, o morena, como dicen por esos lares, mientras me hacía con infinita paciencia y mayor habilidad trencitas finísimas en toda la cabeza. Hizo la parte delantera en forma de diadema, o sea con las trenzas pegadas al cuero cabelludo y las demás, "laif", es decir sueltas. El hecho de hacerlas muy finitas es una muestra de cariño, porque evidentemente, supone mucho más trabajo hacerlas finas que gordas.

Es la segunda vez que me hace trenzas. Pero la primera vez, fui por la tarde y acabó a medianoche, ayudada por sus dos hijas, tan habilidosas como su madre. Se ve que esa habilidad va con los genes. Llevaba ya un mes con la primera versión, feliz, porque la vida, según dice no sé quien en Facebook, es demasiado corta para peinarse todos los días, mensaje que me llegó al alma. El sábado fui a hacerle una visita a Segunda, que en verano se saca unos Eurillos con su arte, y se horrorizó de ver que el pelo me había crecido lo menos "ketab" (2) centímetros desde su primer diseño. Las trenzas ya no estaban pegadas al cuero cabelludo, aunque a mi no me molestaba, porque por fin me podía rascar la cabeza como un mono desesperado, afición que en casa me han reprochado desde niña. Ya se sabe, comer y rascar, todo es empezar y yo no acabo nunca. A la que me descuidé, ya me había quitado todas las gomitas y comenzado a deshacerme las trenzas, lo cual resulta casi más laborioso que hacerlas, pero como ya era cerca de medianoche, recogió su paraeta y me instó a volver sobre las once de la mañana del día siguiente. - Yo tengo sombrilla, tu no preocupes de nada, me tranquilizó tras alegar que yo, de color nórdico, blanco tocino, suelo preferir la sombra al sol y no se me ha perdido nada en la playa, a la que veo muchos inconvenientes, empezando por la arena, el agua salada y la necesidad de usar cremas con factor protección "untallcaiñá" (50). En vista de mi total ausencia de amor playero, ni siquiera poseo cremas solares. Pero, no pasará nada, pensé, Segunda tiene una sombrilla, desoyendo una vocecita interna que me decía insistentemente "no lo hagas".

 Llegué por la noche a mi casa, y con paciencia de Job deshice las "uncentkebakr" (400) trenzas de la primera edición. Se me quedó una cabeza afro de leona indómita, a mi parecer divina de la muerte. Intenté fotografiarme cual choni delante del espejo, pero la cámara del móvil insistía en ofrecer un imagen de mi belleza totalmente distorsionada, nada que ver con el exotismo que me devolvía el espejo, así que no la reproduzco. Al día siguiente, me lavé el pelo y lo cepillé concienzudamente. Para mi horror, el cepillo se llenó de tanto pelo, que parecía que había estado depilando a Chiwaka. Se supone que perdemos aproximadamente "uncentketab" (200) pelos al día, así que uncentketab multiplicado por "untallcuánts" (30) dan para un hermoso tupé. (Es importante la tilde en la A de cuánts, para enfatizar y alargar la A, porque si se dice una A corta, la palabra significa "cojones" en Manyaco. ¡ No me toques los cuants!) Sobre las 11.30 h llegué al puesto de Segunda, con unos shorts y una camiseta de tirantes, porque contaba con una sombrilla en la que refugiarme del traicionero Lorenzo. Efectivamente, ahí estaba mi amiga, sentada bajo la sombrilla con un vestido largo de estampado multicolor. Estudiamos las fotos con diferentes diseños y ella se puso manos a la obra. Yo le preguntaba cosas sobre su país, y su idioma, del que no se entiende naíca, salvo cuando suelta alguna "espardeñá" en francés o español. Todos los morenos que pasaban la saludaban, en Manyaco o en Olof, que es algo así como el idioma mayoritario de Senegal y otros 12 países africanos, aunque el oficial sea el francés. - Nagaref? (Hola ¿qué tal?) - Magnifí!

Tras separar el pelo delantero que había de servir para trenzar la diadema, comenzó por hacerme diminutas trenzas por la nuca. Yo tenía una bolsa llena de globos de colores cortados en diminutos cachitos sobre el regazo. Sacaba uno, abría el hueco, metía dos dedos y esperaba a que Segunda metiera sus dos dedos por el hueco y se llevara el cachito de globo convertido en goma para rematar la trenza. - ¿Qué color te doy ahora? - Dame uno azul. Igual que en los bares, el hecho de tener clientela llama a más clientela, así que empezaron a venir padres veraneantes con sus hijas, deseosas de de hacerse trenzas o que le ataran un cordón multicolor con cuentas al pelo. -¿Venimos después?, preguntaban los considerados padres al ver a Segunda tan atareada con mi cabeza. -No, no, que lo mío va para largo, que me va a hacer la cabeza entera. Así que cedía turno a las ilusionadas niñas que miraban el creciente número de trenzas de mi testa con gran admiración, y no me importaba, porque ya estaba de vacaciones, y por lo tanto disponía de todo el tiempo del mundo, porque me alegro de que Segunda gane dinero, y porque corría una maravillosa brisa marítima, que hacía mi estancia la mar de placentera, a pesar de que el aire nos había obligado a plegar la sombrilla y beneficiarnos de la sombra proporcionada por una cercana palmera. - Me das suerte, decía Segunda, porque venían muchas niñas a peinarse. Así se sucedieron las horas y las trenzas, de vez en cuando interrumpidas por nueva clientela, y amenizadas por la amigable charla de Mohamed, que es un musulmán senegalés olofparlante, casado con una blanca de La Mojonera, a la que quiere convencer de lo beneficioso que sería incorporar una segunda esposa al hogar. Mi sugerencia de incorporar un segundo esposo al estilo tibetano le ha dejado perplejo y no le ha convencido. - No sabe ná el moreno, dice Segunda y se ríe, porque ella es cristiana y lo de tener que compartir marido con otras esposas no le cuadra.

Tras la uncent-enésima trenza se incorpora Trini, hija de Segunda, a mi sesión de peluquería playera y comienza a hacer trenzas por otro lado de mi cabeza. Trini tiene las piernas largas y esbeltas a pesar de ser bajita. Estudio la perfección de su cuerpo y me muero de envidia. Ha venido con su sobrina de cuatro años, que tiene una cara preciosa y un pandero tan orondo como su abuela. De hecho, cuando la abuela se lleva a la nieta de la mano, observo con una sonrisa como ambas se marchan bamboleando sus respectivos traseros en busca de un aseo en alguno de los hoteles cercanos. La nieta es una calcomanía de su abuela. Mientras, Trini sigue trenzándome y dándome cháchara. Su castellano es perfecto, porque lleva casi toda la vida en España y ya está estudiando bachiller. Dice que el inglés se le resiste y yo le digo, que hablando ya tantos idiomas como habla, un idioma más no debería asustarla, pero claro, el Manyaco no se parece ni por casualidad a ningún idioma indoeuropeo. Cuando regresa Segunda con la divina nieta, que se llama Dominga, Trini ya está rematando la diadema que había iniciado su madre y dice que está considerando volver a abrir las tres primeras trenzas que me ha hecho en la sien, porque no le han quedado suficientemente apretadas. Me niego rotundamente, porque las trenzas a ras del cuero cabelludo son una tortura china, o senegalesa, que yo combato haciendo ejercicios de respiración cual parturienta. Son las 18.30 h. Tengo una sonrisa perenne, porque las trenzas están tan apretadas y tirantes que ya no puedo casi cerrar la boca. Los morenos que pasan me agasajan a piropos. Cuanto más finas son las trenzas, más bellas se consideran. Segunda me ha peinado con mucho amor y esmero. Estoy contenta de que haya acabado, porque estoy pegada a la silla de plástico y porque, a pesar de ir corriendo la silla en busca de la sombra que nos proporciona la palmera, siento un picorcillo en el hombro que me hace sospechar lo peor.

Agradecida me despido de la familia y marcho a casa con la promesa de volver por la noche tras arreglarle una silla tipo fuelle, cuya tela se ha rajado bajo el peso de Mohamed. Cuando llego a casa, mis sospechas se confirman. No es que me haya quemado, me he socarrado viva. Los traicioneros rayos de sol han sabido atravesar o bordear la palmera y parezco un pollo quemado con un soplete. Me unto brazos, hombros, escote, cara y una oreja con un dedo dedo de crema hidratante. Mi piel absorbe la crema cual papel secante. ¡¡¡Madre mía, madre mía!!! exclaman mis ojos al escudriñarme en el espejo, y la puñetera vocecita me corea ¡¡¡ Te lo dije, te lo dije!!!

Hoy es el día después. Me siento más tribal que nunca. Me he tenido que poner un pantalón bombacho, porque era lo más vaporoso que he encontrado. Los muslos están de rojo escarlata, al igual que todas las demás partes del cuerpo que no estaban cubiertas por ropa. Parezco un Sioux o un Apache. Estoy más roja que una lata de Coca-Cola. Las múltiples capas de crema que he ido untándome con la más sensual delicadeza y que aún así hacían que mi mano pareciera una lija del "pallnipló" (7) me dan un brillo, que parezco un cochinillo segoviano recién sacado del horno. Si me clavan un plato crujo. He tenido que volver a ponerme la misma camiseta, porque cualquier otra opción parecía hecha de ortigas. Todos los que hoy me han visto han dicho lo mismo: - ¡Hala, cómo te has puesto! y me han recomendado mutilar mi planta de aloe vera para beneficiar mi maltrecha piel. Creo que me pelaré hasta los huesos. Menos mal que la familia aún no me ha visto, porque sus burlas y chanzas serán inmisericordes, que conozco a los míos. Pero yo estoy feliz con mis uncent nicuásniplo niuntallcuásnipló nicuásnipló trencitas y un mes sin tener que peinarme.