sábado, 28 de enero de 2012

La última cena de Don José



     En un tiempo lejano, en el que la magia y las hadas eran parte de la vida cotidiana, un hombre guapo y apuesto, personaje vividor y bohemio, tenía revolucionado a todas las buenas gentes de su ciudad. Era famoso por ser el más juerguista y también el más irresponsable. Vivía de noche, dormía de día. Comía poco y bebía mucho. Se aprovechaba de su belleza y don de palabras, por lo que era un mujeriego, un rompecorazones infiel, que igual se lanzaba a conquistar una mujer casada, que rondaba con destreza a las doncellas. Toda su vida estaba enfocada a la diversión y al ocio. Trabajo, virtud, orden y concierto le eran conceptos más que ajenos, repulsivos. No estaba dispuesto a desperdiciar su vida doblando duramente el lomo como sus convecinos y se burlaba de ellos en cada ocasión. Financiaba sus juergas con el dinero que había heredado de una tía solterona, que siempre estuvo enamorada del salero y donaire de su sobrino.
Se hacía llamar Don José.

      Una noche, al acudir a su taberna favorita, se encontró con una nueva camarera, que había entrado a trabajar por primera vez esa misma noche. Aparentemente era una muchacha humilde. No parecía tener mucha experiencia, porque se desenvolvía con bastante torpeza, aunque mostraba buena voluntad. La joven se acercó a la mesa de Don José para servirle su habitual jarra de vino tinto, conforme le había encomendado el tabernero. Don José se sorprendió de la belleza de la muchacha. Tenía el pelo rojo como el cobre, la tez blanca como la nieve y los labios sonrosados como un pétalo de rosa. Pero lo que más llamó la atención de Don José, fueron los ojos verde esmeralda y la desafiante mirada felina de la joven, que parecía penetrarle como una daga se hunde en la carne. En otras circunstancias, Don José se habría lanzado despiadadamente a la conquista de la chica, con halagos y piropos, con propinas desmesuradas y con fantasías sobre un futuro de opulencia. Pero esa mirada inquisitiva, firme y penetrante le dejó sin palabras. La muchacha pareció percatarse y contestó al desconcierto de don José con una amplia sonrisa burlona, sin desviar ni un ápice su mirada de él. De pronto se giró sin mediar palabra y prosiguió a servir a los demás huéspedes. Don José sintió herido su orgullo. Nunca se quedaba sin palabras, en ninguna circunstancia ni ante ninguna persona, ya fuera joven o vieja, guapa o fea, hombre o mujer, humilde o aristócrata. Él siempre tenía palabras para todo y todos, así que se sentía confuso. En cuanto se repuso de su desconcierto, se acercó al tabernero para informarse sobre la procedencia de la muchacha. El tabernero le contó, que la chica se llamaba Sibila, que al parecer, era huérfana y había vivido con su abuela en una casa solitaria, en medio del bosque, sin apenas roce con la civilización. La abuela había fallecido y ella se había venido a la ciudad. En un principio había solicitado un puesto en la cocina, pero al tabernero le había parecido que su belleza sería mejor reclamo que sus potenciales artes culinarios. Satisfecho de la información recibida, Don José se encaminó de nuevo a su mesa y a su jarra de vino. Unos cuantos tragos más harían despegar su lengua igualmente. Su instinto cazador se había despertado y la muchacha sería su presa. 'Con que gata salvaje de los bosques', pensó, 'ya haré yo que te conviertas en mi gatita y ronronees en mi regazo hasta que me canse de ti...'
    
      En noches sucesivas, Don José, quería conquistar a la muchacha, pero siempre que ella se acercaba, él se quedaba mudo como un bobo. Así que, optó por seguir con sus borracheras y conquistas habituales para no desperdiciar la noche. Actuaba como si Sibila no le interesara, aunque en realidad la rabia y la impotencia le corroían. Cuanto más rabia sentía por sentirse incapaz de conquistar a Sibila, mayores eran sus borracheras y más mujeres arrastraba con él a su casa, para despreciarlas al día siguiente. Pero Sibila sólo le miraba con sus ojos penetrantes y su sonrisa burlona. Hablaba amablemente con todos, menos con él. Como mucho un “¿le pongo más?”, al que él contestaba asintiendo con la cabeza, incapaz de tan siquiera decir que sí de viva voz.

      Una noche de mucho frío, se abrió la puerta de la taberna y entró una joven mujer con un bebé en brazos que no paraba de llorar. Se acercó a Don José y le espetó: “ ¡Este es tu hijo, hazte cargo de él y de mi como me prometiste! Me juraste amor eterno y no te he vuelto a ver en nueve meses.” Don José se levantó de la mesa de un salto y gritó: - ¿Cómo te atreves, desvergonzada, a hacer tales acusaciones? Yo jamás te he prometido nada semejante y vete a saber de quién es ese bastardo llorón. Ni siquiera se parece a mí. Lárgate de aquí, si no quieres que te eche a patadas.” La joven mujer irrumpió en sollozos y se marchó avergonzada, con el niño que no había parado de llorar. - Habrase visto semejante desfachatez. - dijo don José, - yo padre de esa criatura, si no conozco a esa fulana de nada. ¡Tabernero, una ronda para todos, que aquí no ha pasado nada! - La gente aplaudió, menos Sibila, que le atravesó con su dura mirada, seria y fría.
     
      Al próximo día, llegó otra mujer, aunque sin hijo alguno. También ella buscó a Don José. Era una mujer de unos treinta años, joven todavía, pero ya con las primeras arruguitas en la frente. - ¿Qué quieres de mi, vieja decrépita? - le gritó don José para que todos pudieran oírle. Los huéspedes de la taberna se rieron a carcajadas y la mujer se marchó avergonzada, sin haber dicho palabra alguna.
Al tercer día llegó un campesino en busca de don José: - Usted ha mancillado el honor de mi hija. Ella tan sólo tiene dieciséis años, pero ahora usted tendrá que casarse con ella. - dijo el campesino. - Casarme yo con su hija, se ha vuelto loco. Ni siquiera sé quien es su hija y desde luego no he sido yo quien la ha mancillado. Seguramente la habrá catado medio pueblo y me quiere embaucar a mí. - Levantó su copa y gritó - ¡ Por su hija y por las alegrías que habrá proporcionado a estos paisanos! - Todos se rieron y brindaron, menos el campesino, que furioso se iba a lanzar contra Don José, cuando este sacó una daga de debajo de su capa y apuntó con ella al campesino. El campesino se paró en seco, justo antes de que la daga tocara su camisa. Ante las risas de todos, se marchó cabizbajo, humillado y avergonzado.

      Esa noche, don José se quedó el último en la taberna. Borracho como una cuba seguía bebiendo una y otra copa de vino. Mientras el tabernero bajaba y subía del almacén para reponer las bebidas que se habían consumido, Sibila desapreció en la cocina. Al cabo de un rato entró con una inmensa tortilla de setas y se acercó a Don José. -Señor, le he preparado un plato especial, para que el vino le siente mejor. - Le colocó la tortilla delante y se sentó enfrente de él. - ¡Coma, Don José, coma. Que usted se lo merece! - Sorprendido y mudo como de costumbre, don José tomó el tenedor y se comió la tortilla en silencio, ante la atenta y penetrante mirada de Sibila. Una a uno se tragaba trozos de la enorme tortilla de setas, hipnotizado por los ojos verdes de Sibila. Cuando acabó, Sibila le retiró el plato y se puso a fregar el suelo de la taberna. - Hora de irse, don José – dijo el tabernero al regresar de su último viaje a la bodega.

     El siguiente día, Don José durmió mucho, mucho más que de costumbre. Cuando se despertó, sentía un extraño picor en la cara. Se fue al baño, a mirarse, lavarse y mirarse en el espejo. Le pareció verse la piel un tanto verdosa y le habían salido unos cuantos granos en la cara. Tenía muchas ganas de darse un baño. Llenó su bañera de agua hasta el borde y se sumergió en ella, hundiendo incluso la cabeza debajo del agua. El picor desapareció y Don José sintió un gran placer al encontrarse completamente hundido en el agua de su bañera. Pasó mucho tiempo así, hasta que un sirviente llamó a la puerta y le ayudó a salir de la bañera y a vestirse. No tardó en volver a sentir picores y una extraña sequedad en la piel. Además habría jurado que su ropa le quedaba varias tallas grande, pero pensó que probablemente habría perdido peso sin darse cuenta. Como de costumbre, se fue a su taberna favorita. Sibila no estaba. El tabernero le informó, que Sibila había insistido en poder demostrar sus dotes de cocinera y que le había cocinado al tabernero un asado tan exquisito, que bien valía la pena prescindir de su belleza para atender a los clientes y aprovechar sus habilidades con los pucheros. Varios clientes se encontraban ya degustando apetitosos guisos y asados entre “oh” y “mmm”, “ qué bueno”, “qué rico” o “qué maravilla”. Don José sintió hambre al verles comer con tanto placer y dijo: - Que me haga una tortilla de setas a mi y tu tráeme también una gran jarra de agua. - ¿Un jarra de agua? - se sorprendió el tabernero. - Sí, una jarra de agua y una tortilla de setas. ¿Algún problema? - dijo Don José en tono altivo. El tabernero obedeció sin rechistar. Luego Don José se comió la tortilla, bebió mucha agua y más vino y, como de costumbre marchó borracho a su casa, pero mucho más temprano que otros días, porque el picor de la piel y la extraña sensación de sequedad le producían desazón. Cuando llegó a su casa, llenó de nuevo la bañera de agua hasta el borde y se sumergió en ella, sintiendo otra vez gran alivio y placer al sumergirse por completo. Tan a gusto estaba, que se durmió en la bañera.

       Al día siguiente ya por la tarde, el sonido de una gran mosca revoloteando por el baño despertó a Don José de su sueño en remojo. La mosca vino a pararse justo en su nariz. Los ojos de Don José bizquearon hasta conseguir enfocar a la mosca. De repente, instintivamente, abrió la boca y su lengua salió disparada como un rayo, atrapo la mosca y Don José se la tragó. De un salto Don José se levantó y horrorizado pensó: “¡Cielo santo, me he comido una mosca y peor aún, me ha gustado!” Como una flecha salió de la bañera y se secó a toda prisa. “Iré a tomarme un buen trago de vino para olvidar lo que acabo de hacer.” pensaba mientras se vestía rápidamente. La piel volvía a picarle y le pareció que la ropa le estaba aún más grande que el día anterior, pero el recuerdo de la mosca tenía que ser borrado cuanto antes. Se fue corriendo a la taberna. Entró jadeando y corrió a la barra. - Qué mala cara tiene usted hoy, Don José – dijo el tabernero, - le veo como verde. - ¡Vino! - gritó Don José, - y agua y una tortilla de setas, rápido. - El tabernero obedeció y marchó la comanda. Pronto Don José se encontraba comiendo y bebiendo ansiosamente. Cuando acabó todo, levantó la mano y gritó: - Sírveme más croc. - ¿Más qué? - preguntó el tabernero. - Croc, más croc. - dijo Don José con extraños movimientos de la lengua, como si esta no le obedeciese. - ¡Está borracho como una cuba! - gritó un cliente y todos se rieron. - Croc, croc, croc – insistía Don José, ya con desesperación en la mirada. Cuando el tabernero también empezó a reírse a carcajadas, Don José salió corriendo de la taberna. Corrió la calle mayor hasta las afueras de la ciudad, tropezando de vez en cuando con los bajos de sus pantalones, que por momentos eran más grandes. El picor de la piel era insoportable, y la sequedad que sentía por dentro y por fuera le estaba quemando. Siguió corriendo hasta llegar a un riachuelo cercano. Instintivamente se arrancó toda la ropa. Desnudo se miró las manos y al separar los dedos descubrió unas finas pieles entre los dedos. Saltó al agua sin más y un inmenso alivio y placer le hizo olvidar toda preocupación. El agua estaba muy fría, pero para Don José estaba perfecta. Ahí se quedó, chapoteando y nadando, encogiendo, enverdeciendo día tras día y sobre todo, feliz cazando moscas...

       Un día, Don José se encontraba tomando el sol sobre una roca y cantando una canción que se había inventado a base de “croc-croc”, cuando llegó Sibila al riachuelo. Don José la reconoció enseguida y se quedó petrificado. “Soy yo, Don José.” - pensó en decirle. “Creo que estoy encantado o algo así. ¡ Ayúdame, por favor!” - pensó con ansiedad, pero no conseguía decir ni “croc”. - ¡Venga conmigo, Don José! - dijo Sibila con la mirada clavada en él y una sonrisa burlona en los labios. -Va usted a complacer a unas cuantas mujeres esta noche. Será el deseo de todas ellas. Don José obedeció y saltó a la cesta que llevaba Sibila. Expectante la miraba, hipnotizado por sus ojos y mudo.
- ¿ Qué vas a cocinar hoy? - dijo el tabernero cuando vio llegar a Sibila con una gran rana en la cesta. Sibila echó una última sonrisa al interior de la cesta y cerró la tapa: - Un plato, que en tierras lejanas llaman “Venganza de las mujeres”. - ¿En serio? - dijo el tabernero sorprendido. Sibila soltó una carcajada. - No tengo ni idea de cómo lo llaman en otros sitios, pero aquí serán “ancas de rana al vino”, una sorpresa para las señoras de aquella mesa. - En el fondo de la taberna, sentadas en una mesa, se encontraba una mujer joven con un bebé, una treintañera con algunas arrugas en la frente y una muchacha de no más de dieciséis añitos.

     Durante muy poco tiempo Don José tomó conciencia, de que su destino era una olla, acompañado de verduras y bañado en vino tinto: lo que tardó el cuchillo de Sibila en convertirle en carne para su guiso.

              • Croc -