domingo, 22 de enero de 2012

Recuerdos al atardecer


           Tibio y cansado el sol se acostaba sobre el horizonte, tiñendo de rojo el cielo. La vieja miró al hombre mayor sentado a su lado, ensimismado y con la mirada puesta en el infinito. Por un momento le pareció que ese señor arrugado y de ojos descoloridos se daba un aire al joven que conoció hacía ya muchos años atrás. Recordó su franca sonrisa y como al besarle bajo la luz del atardecer su corazón latía con fuerza y sus labios temblaban de excitación. Su recuerdo le resultaba mucho más familiar que las caras de la gente que cada día le eran más extrañas y desconocidas, como la del hombre mayor, que sólo le era vagamente familiar. No sabía quien era, pero algo en su interior le decía que seguramente se conocían de algo. Mientras lo pensaba, él se giró y con una mirada de amor triste y resignado le dijo: “¿Nos vamos a casa, querida? Parece que refresca.” Ella, sintiéndose joven y aventurera como antaño, tomó su mano y se dejó llevar, pero sólo, porque su cara le recordaba mucho al que fuera el amor de su vida...