jueves, 7 de marzo de 2013

El dilema de la parada del autobús

Hará unos días, de esos que me cuesta salir de la cama, que son todos, así que ¿qué más da el día?bajé en el último minuto a pillar el autobús. Se me hizo tarde, posiblemente 30 segundos tarde, segundos pequeñitos, pero los suficientes para perder el bus, ver como cambiaba de sentido y se alejaba. Aún miraba las lunas traseras de mi queridísimo autobús, cuando una ráfaga de viento gélido, de esos que vienen desde Siberia a caso hecho a helarte el alma, las manos, los pies y todo lo que queda por medio, me abofeteó, me castigó por impuntual. Yo lo de producir calor propio no lo controlo aún muy bien, así que opté por tiritar y castañetear con los dientes rápidamente. En verdad fue mi cuerpo, el que reaccionó con tanta prontitud, mi mente se había quedado congelada y tan solo emitía un profundo gruñido de estupor.

Por suerte, casi de inmediato vino el siguiente bus. Aliviada me acurruqué en un asiento de plástico verde y metí mis manos en el braserico de los pobres: cada mano en una axila. Las paradas me producían el sentimiento contradictorio de detestar el frío invernal que se apoderaba en segundos del habitáculo, con la alegría de ver que el bus se llenaba de gente, de fuentes de calor y parapetos naturales. Lástima sentí cuando llegué a la parada en la que tengo que cambiar de linea y terror, cuando vi que las letras rojas del rótulo luminoso anunciaban que mi enlace no llegaría hasta dentro de siete minutos. Evidentemente la combinación más favorable es con el anterior bus. No está todo perdido, pensé, al descubrir que el 40 y el 41 estaban próximos a llegar. Lo malo es que uno me deja cerca de mi destino y el otro se desvía a mitad camino en una dirección opuesta.

Salté sobre el primero esperando que mi intuición no me fallara. Hacía tanto frío. Busqué donde refugiarme entre la multitud, encogida como una vieja. Cuando por fin mis circuitos neuronales empezaron a calentarse, una serie repetida de "o sea tía, o sea no, yo paso tía" llamó mi atención. Lentamente giré la cabeza: zapatos azul marino, leotardos azul marino, falda escocesa de cuadros azul marino y verde botella, jersey azul marino, chaquetón azul marino, coleta de pelo largo y liso, otro "o sea tía" y una conclusión: estoy en el autobús equivocado. Yo voy en la línea de las chachas, de las señoras que van a limpiar a casa de señoritos con los que me cruzo por las mañanas de camino a la oficina, con sus niños vestidos de azul marino a los que llevan a colegios con señoras vestidas de azul marino, porque se han casado con el hijo de Dios y en algún momento debió de decir que el azul marino es su color favorito. ¿No?

 Lo que está claro es que el río azul marino me viene a contracorriente en mi rutina matinal, así que salté presurosa en la siguiente parada y me encontré en medio de la nada. Como será de solitaria la parada, que no tiene ni rótulo luminoso. Nuevamente el viento me susurraba indecencias en ruso y se me colaba por lo más sagrado. Como un tigre enjaulado me movía debajo del exiguo toldo, flanqueada por paredes de cristal, que no sólo dejaban pasar la luz, sino todo el aire del mundo haciendo incluso remolino a mi alrededor. Por un momento me imagino petrificada cual señora de Lot. Debe ser por influencia del azul marino. Y ahí, sola, congelada, ventilada, aireada y oreada es cuando vino el "dilema de la parada de bus": ¿Cuánto hace que pasó el último bus y cuándo pasará el próximo? ¿Dará tiempo irse con una marcha ligera hasta la siguiente parada o perderé el próximo? Miro el panel informativo para salir de dudas, pero como no llevo gafas, solo consigo salir de debajo del toldo para poder leer lo que pone. Vuelvo a acercarme e intento localizar el ansiado mensaje de esperanza, un horario, aunque aproximado, un 8 h y 12 min ó 8 h y 13 min, pero solo encuentro eso, un horario aproximado: desde las 07:09 h - 21:09 h en intervalos de aproximadamente 9 a 12 minutos. ¿Lo qué? ¿Cuánto llevo aquí? Una eternidad. Si saco las manos de los bolsillos para mirar el reloj seguro que sufro una hipotermia o se me congelará y luego caerá un meñique y tendré dificultades para teclear las tildes en el futuro. ¿Y si me voy andando mientras tanto a la siguiente parada? ¿Dónde está la parada siguiente? Dios, ¡qué frío! Si hay un margen de error de tres minutos en cada autobús, que se ha ido sumando desde el primer autobús que supuestamente fue el único puntual, o sea, si un tren sale de la estación en dirección a Bilbao a una velocidad de 40 km/hora... que yo soy de letras, yo sólo quiero saber cuando me rescata el siguiente autobús. Habría jurado que el aire glacial traía consigo unas risitas maliciosas:"No sabe mates, no sabe mates.." No hay autobús a la vista. ¿Y si me voy andando hasta la siguiente parada y entro en calor? Pero podría pasar el autobús y yo aún estar lejos hasta para ir corriendo detrás. Mejor zapateo aquí debajo del toldo. ¡Venga, olé olé! Estoy tan congelada que más que zapatear parece que estoy pisando uva, y con rabia. La respiración entrecortada como si estuviera en una clase de preparación al parto y los hombros encogidos, como si tuviera que sujetar el balón de oro de Leo Messi entre mis omóplatos. ¡Venga nena! Punta-tacón, punta-tacón, punta-tacón, qué narices, tacón, tacón, tacón, tacón, "a-ayyyyyy, que frío tengo mi arma, arma de mi vía y de mi corasaooooáaaaaaooooooooáaaaaaooooo, que me estoy quedandóoooo, pajaritóoooo", tacón, tacón, tacón. Por fin llega el autobús. ¡Anda qué! ¡Ande que ahora que me estaba yo arrancando por "soleás"!