jueves, 7 de marzo de 2013

Tropezar con la misma piedra

El dicho dice, que solo el ser humano tropieza dos veces con la misma piedra. ¿Dos? Poco me parece. Yo soy un tanto insistente, o imbécil, según el cariño con el que se me evalúe.

- Mañana va a llover. ¡Llévate paraguas! Eso dije ayer a mi hijo, pero además, como mamá preocupada por su retoño, le colgué el paraguas en el pomo de la puerta de entrada, para que fuera imposible olvidarlo. Valgo por dos cuando me preocupo por los demás.

Esta mañana, levanto la persiana para escudriñar el cielo. ¡Azúl! Como me gusta que los del tiempo se equivoquen a mi favor. Eufórica he cambiado los zapatones por tacones: unos zapatos rojos, de los de "antes muerta que sencilla". Me he dado la escusa de que los tengo que ablandar, andar, para que el día de la boda - boda familiar dentro de tres semanas - no me muera de dolor. Tengo pies de mantequilla, delicados como los de una princesa, efecto secundario de haber deseado ser una princesa en mi tierna infancia. Toda mona yo, he salido a la calle, le he sonreído y saludado al día y a un par de transeuntes que no conocía de nada y que me han puesto cara de desconcierto. Seguro que se han quedado pensando '¿la conozco?' Ya tienen en qué pensar el resto del día.

Monto en el autobús, feliz. Los rayos del sol me pican en la cara. ¿Pican? Sol que pica, lluvia que te crió. Y entonces la descubro: una nube goooorda, negra, como una nave nodriza escudriñando los puntos débiles por los que va a atacar. Es "la nube", la matriarca de las nubes. Observo como todas las demás nubecitas se dirigen hacia ella, presurosas, obedeciendo órdenes: ¡Reagruparse! Tomo consciencia de mi vulnerabilidad inminente: zapatitos de niña mona, chaqueta de paño, ausencia de paraguas. Estoy "perdu". Han pasado tres horas y media desde que la nube nodriza ha llamado a su ejército a formar filas y son legión. No queda un rayo de sol que nos proteja, ni un trozo de cielo azul que dé esperanza. El uniforme gris de un ejército imbatible se cierne sobre Valencia. Su arma: el agua. No sé si oigo tracas de fallas o truenos anunciando la batalla. Tengo miedo. Valgo la mitad, cuando me preocupo por mi misma. Ahora, eso sí os digo, como tenga que salir a la calle cuando esté lloviendo, me quito mis tacones de princesa y corro descalza.