martes, 26 de marzo de 2013

Valentias

Ayer fui al Carrefour a hacer la compra después del trabajo. Era ya casi hora de cierra y había muy poca gente, aunque últimamente nunca se ve mucha gente en ningún lado, al menos no comprando. Incluso creo que hay menos tráfico por la ciudad que antes. A pesar de que la oferta de productos es enorme, yo me ciño a mi lista de la compra mental. Procuro no apuntar las cosas, porque si empiezas apuntando el cerebro ya pierde todo hábito de esfuerzo mental por recordar. Ante la abrumadora abundancia de todo, recordé un trozo de programa del reality "perdidos en la selva", que vi por casualidad zapeando. Los indígenas de un pueblo africano habían venido a conocer la vida de sus huéspedes españoles. Entre todo el despropósito me chocó la crítica de una mujer africana: ¿Cómo es posible, que con tanta abundancia de todo haya gente viviendo míseramente en la calle? Así somos, los del "primer" mundo: nos rasgamos las vestiduras por horrores que se cometen allende nuestras fronteras, pero la casa propia sin barrer. Opinamos sobre todo lo opinable; arreglamos el mundo entre café y carajillo; se nos llena la boca de solidaridad y de compañerismo; nos indignamos ante injusticias, desháucios, lapidaciones, violaciones de derechos humanos en países que apenas sabríamos señalar en el mapa.

Así transcurrían mis pensamientos, pensando que en realidad somos unos hipócritas, cuando llegué con mi carrito con la compra de lo imprescindible hasta mi coche. Al momento llega un señor de mediana edad, 40 y pico, 50 y algo. - Señora, 30 céntimos, por favor - me dice estirando la mano. Me sorprende la concreción de la cifra. Es alto, delgado, rubio, de ojos azules, está sucio que no roñoso, las manos curtidas. En su mirada hay bondad, o a mi me lo parece. - OK, - le digo - cuando vacíe el carrito te doy el Euro, espera. Veo como mira la comida. - ¿Tienes hambre? No me entiende. Rompo el paquete de yogures y le doy uno. Caigo en la cuenta de que le hará falta una cuchara. Abro una bolsa de panecillos y le doy uno. Rasgo la caja de quesitos de la vaca que ríe y le doy un puñado. - ¡Señora, gracias! me espeta y se le ve abrumado. Le encasqueto una Shandy marca "la pava". - Gracias, gracias, gracias. Y se lanza a hablar: - Yo Valentias. lskdjañlkdañdfaf Lituania ladkfhadjow. - Yo Aidana. - Dana? laksdjfahdfaj? - No, tu Valentias, yo Ai-da-na. - Ah Dana! Yo Valentias, yo alsñashdfañsdhfa pasaporte lskfasfha rumanski añlskfja dos mesos ( me muestra dos dedos ) laskhfañsd pasaporte dos mesos, yo fiuuu (ademán de avión despegando) ñalksdf yo Alzira mandarina (me enseña las manos curtidas) aksdfhasfd rumanski pasaporte robado lakasdfah embajada laskdfhgad dos mesos pasaporte yo lituania fium! laksdfasjf gracias señora, gracias.

Sigue lo menos 5 minutos hablando. Le sonrío como a un niño pequeño que balbucea y mientras pienso: ¿Y ahora qué? Recuerdo a la mujer africana, recuerdo que tengo una cama vacía, recuerdo los deberes cristianos de auxilio, recuerdo a la gente desahuciada, recuerdo las bonitas palabras de solidaridad, recuerdo haber firmado peticiones para salvar a gente desconocida, mucho más desconocida que Valentias, de Lituania, que ha venido a Alzira para recolectar Mandarinas y a quien unos rumanos le han chorizado el pasaporte y que tiene que esperar dos meses hasta tener uno nuevo, porque los de su embajada son más lentos que el caballo del malo. Pero, ¿cómo voy a meter a Valentias en mi casa, si no lo conozco de nada. Ni siquiera sé si es verdad lo del pasaporte, si lo he entendido bien, si ha dicho rumanos o ha dicho otra cosa. Le intento explicar cómo llegar a la Cáritas. Hago señales, pinto garabatos en el polvo de la luna trasera de mi coche. ¿Y si me lo llevo? ¿Y si le doy cama, aunque sea por una noche? ¿Y si pongo una lavadora con su ropa, que con el aire que hace se le va a secar en un visto y no visto? ¿ Y si Valentias no es lo que parece? ¿Y si me equivoco y me meto el enemigo en casa? Al final, escudándome en mi miedo, en mi cobardía, en que mi intuición ya me ha gastado malas pasadas, en todas las escusas del mundo, le sonrío, le deseo suerte y me marcho, con un nudo en el estómago y con muy mala conciencia. He dejado tirado a Valentias, vencida por mi ausencia de valentía. De camino a casa, sintiéndome mísera, pienso que su nombre es todo un símbolo.